La amiga de Madame Maigret by Georges Simenon

La amiga de Madame Maigret by Georges Simenon

Author:Georges Simenon
Language: es
Format: mobi
Tags: Novela Policíaca
Published: 2011-04-18T22:00:00+00:00


CAPÍTULO SEIS

EL «BATEAU-LAVOIR» DEL VERT-GALANT

Maigret empujó la puerta giratoria y descubrió las luces de los Campos Elíseos que, bajo la lluvia, siempre le hacían pensar en miradas húmedas; se disponía a bajar andando hacia la plaza cuando frunció el ceño. De pie, apoyado contra un árbol, no lejos de una vendedora de flores que se protegía de la lluvia, Janvier le miraba, piadoso, cómico, con aire de darle a entender algo. Se dirigió hacia él.

—¿Qué es lo que haces aquí?

El inspector le señaló una silueta que se dibujaba en una de las pocas vitrinas encendidas. Era Alfonsi, que parecía estar profundamente intere-sado por un escaparate de baúles.

—Le sigue a usted, de manera que yo también le sigo.

—¿Vio a Liotard, después de su visita a la calle Turenne?

—No. Le ha telefoneado.

—Déjalo. ¿Quieres que te deje en tu casa?

Janvier vivía casi en su camino, en la calle Réaumur. Alfonsi les vio irse a los dos, pareció sorprendido, desorientado, y luego, como Maigret llamó a un taxi, se decidió a dar media vuelta y se alejó en dirección a Etoile.

—¿Algo nuevo?

—Casi demasiado.

—¿Sigo ocupándome mañana por la mañana de Alfonsi?

—No. Pasa por el despacho. Probablemente habrá trabajo para todo el mundo.

Cuando el inspector se bajó, Maigret le dijo al chófer:

—Pase por la calle Turenne.

No era tarde. Esperó vagamente ver la luz en casa del encuader-nador. Aquél hubiese sido el momento ideal para charlar largo y tendido con Fernande, como tenía ganas de hacer desde hacía mucho tiempo.

Por culpa de un reflejo en el cristal, se bajó del coche, pero comprobó que en el interior todo estaba oscuro y dudó en llamar, volvió a dirigirse al Quai des Orfèvres donde Torrence estaba en guardia y le dio instrucciones.

La señora Maigret acababa de acostarse cuando él entró de puntillas. Como se estaba desnudando a oscuras para no despertarla, ella le preguntó:

—¿El sombrero?

—Efectivamente, lo compró la condesa Panetti.

—¿La has visto?

—No. Pero tiene alrededor de setenta y cinco años.

Se acostó de mal humor, o preocupado, y cuando se despertó seguía lloviendo y luego se cortó afeitándose.

—¿Sigues tu investigación? —preguntó a su mujer que, con las horquillas puestas, le servía el desayuno.

—¿Tengo que hacer algo más? —se informó ella con toda seriedad.

—No sé. Ahora que has empezado...

Compró el periódico en la esquina del bulevar Voltaire, no encontró ninguna nueva declaración de Philippe Liotard, ningún nuevo desafío. El portero nocturno del Claridge había sido discreto, ya que tampoco se hablaba de la condesa.

En el Quai, Lucas, al relevar a Torrence, había recibido sus instrucciones y la máquina funcionaba; ahora se buscaba a la condesa italiana en la Costa Azul y en las capitales extranjeras, al mismo tiempo que se interesaban por el llamado Krynker y por su doncella.

En la plataforma del autobús rodeada de lluvia fina, un viajero leía frente a él el periódico, y aquel periódico tenía un titular que hizo soñar al comisario:



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